El clima cultural que se respira en Mburucuyá es inconfundible. Cuando el sonido del acordeón se expande junto a la Laguna Limpia, queda claro que allí late una de las expresiones más auténticas del chamamé. La segunda noche de la 57ª edición provincial y 21ª edición nacional del Festival volvió a confirmarlo: el Anfiteatro Eustaquio Miño se vio colmado por una multitud que superó las 15 mil personas, ratificando que el denominado “estilo Mburucuyá” continúa vigente y profundamente arraigado en el sentir popular.
La velada estuvo marcada por un repertorio íntegramente chamamecero y por sentidos homenajes a Salvador Miqueri, figura emblemática del género en el año del centenario de su nacimiento. La calidad artística fue uno de los ejes centrales de la jornada. Juancito Güenaga y su conjunto ofrecieron una presentación que reafirmó su compromiso con el sonido tradicional, rústico y bailable que identifica a la región. Por su parte, Rudi Flores aportó un matiz de refinamiento técnico y virtuosismo, mostrando la versatilidad y riqueza musical que también caracteriza al chamamé.
Uno de los momentos más conmovedores se vivió con la actuación de Gustavo Miqueri y Trébol de Ases, quienes rindieron un emotivo tributo a Salvador Miqueri, despertando aplausos y sapucays que resonaron en todo el predio. La emoción continuó con la presentación de Santiago “Bocha” Sheridan, consolidando una noche cargada de sentimiento y memoria.
En medio del fervor artístico, también hubo espacio para un mensaje firme. Marcela Miqueri, hija del recordado “Lucero Cantor”, tomó la palabra y expresó con claridad su postura frente a las corrientes que buscan modificar la esencia del género. Defendió la identidad chamamecera tradicional y sostuvo que la cultura debe preservarse sin imposiciones externas, generando una fuerte reacción del público presente.
La programación se completó con destacadas actuaciones de Milagros Caliva, Silvina Escalante, Alfredo Monzón, el recitador Juan Pablo Barberán y el trío 6×8. El cierre llegó con el Grupo Irundy, que mantuvo la energía hasta el amanecer, dejando a la multitud de pie mientras los primeros rayos del sol iluminaban el anfiteatro. Con la expectativa puesta en la jornada final, el festival reafirma su lugar como uno de los bastiones más representativos del chamamé correntino.








